Personajes del MSN

El chat fue uno de los primeros servicios de Internet que usé, hace unos once años. No era el chat que conocemos ahora, el del MSN o el de Yahoo!, ni tampoco el de las páginas Web, sino otro, llamado IRC, por Internet Relay Chat.

Inventado por Jarkko Oikarinen en 1988, el IRC era un mecanismo sencillo y económico para establecer conversaciones de teclado sin fronteras. Tuvo un gran impulso durante la primera Guerra del Golfo, cuando mucha gente descreía de las noticias difundidas por la CNN y, para saber la verdad, chateaban con personas que estaban o habían estado cerca del frente.

El mundo entraba en la era de Internet y todo estaba por aprenderse. Protocolos, costumbres, usos. Era todo tan nuevo que el suple le dedicó una tapa sólo en 1998, cuando advertimos que el número de personas y canales de IRC argentinos crecía.

Aunque hoy la forma y el aspecto del chat han variado (el IRC, a todo esto, todavía existe; http://www.irc.org ), las cuestiones básicas siguen siendo las mismas. No obstante, uno detecta al instante qué persona todavía no maneja los códigos. Para ser enteramente justos, todos tenemos un poco de estos personajes que consigno a continuación. Aunque algunos, la verdad, exageran.

  • El de los párrafos interminables. Uno ve el cartelito al pie de la ventana del MSN que dice: Fulano está escribiendo un mensaje . Entonces espera. Pero el otro sigue escribiendo. Así que, ¿para qué cambiar de ventana? De un momento a otro aparecerá el texto. Pero no. Transcurridos otros 45 segundos –una eternidad en el cine, los silencios de radio y el chat–, uno termina por cambiar de ventana. Exactamente en el momento en que el otro se digna a apretar Enter , el botón del chat en la barra de tareas empieza a destellar, se oye el sonido característico y al volver a la ventana de conversación vemos siete renglones y medio de texto.
    Uno contesta entonces como se debe, como en los telegramas y las comunicaciones de los pilotos con la torre de control, sucintamente, en una línea, en pocas palabras. Y ahí va el otro, de nuevo, un minuto tecleando y al final, un largo párrafo que envidiarían Proust o el Gabo. Así que uno entra en el modo “entrenar al novato”, y manda varias frases de un párrafo separadas por un Enter, cosa que la persona al otro lado tenga algo para ir leyendo. Respuesta, otros 45 segundos del cartelito: Fulano está escribiendo un mensaje .
    Esto es chat, no una declaración jurada. No hay que probar que uno es un gran escribiente. En rigor, lo que estaría bien en el papel aquí mete ruido y hace perder el tiempo.
  • El zumbador. Enviar un zumbido puede ser un mal necesario en ocasiones. Por ejemplo, en una situación como la que sigue, en la que un amigo en otro país nos dice:
    -Huy, creo que estamos teniendo un terremoto…
    -¡No!
    -… (silencio)
    -¿Estás bien?
    -… (10 minutos de silencio)
    En este caso, un zumbido es casi el único recurso que a uno le queda para saber si la persona del otro lado está todavía en una pieza.
    Pero también está el adicto al zumbido, el que lo encuentra gracioso, el que se divierte con eso. Es el que se conecta y, en lugar de saludarte con un simple “Hola, ¿cómo estás?”, manda un zumbido. Así, como para romper el hielo.
    Hay una cura, no obstante; casi diría un remedio homeopático. Al que abusa de este recurso, dele una dosis de su propia medicina. Durante una o dos semanas sólo respóndale con zumbidos y es altamente probable que se le pasen las ganas de apretar el dichoso botoncito.
  • El emotivo . Un iconito gestual cada tanto reconforta y sienta bien, aclara el tono de la frase, permite incluso una respuesta no comprometedora a una pregunta incómoda, afloja, da énfasis, ayuda. Lamentablemente, el exceso conduce a un cuadro clínico bastante difundido y aparentemente incurable: la persona va reemplazando cada vez más palabras por emoticones. En su etapa terminal, cada letra es reemplazada por un icono.
    Sus textos se vuelven casi ilegibles y los conducen a situaciones confusas, si no abiertamente embarazosas. Esto se debe a que muchas palabras contienen otras palabras dentro. Así, el que asocia el icono de una carita riéndose con la palabra “je” encontrará que una frase como hay que ir de traje? es imposible de decodificar.
    Letras decoradas, muñequitos que dicen y hacen cosas, explosiones, florecimientos, bailes, piruetas, gestos, saludos, fuegos artificiales, arco iris, animalitos de toda laya y un cuatrillón de figuritas más convierten el chat en algo más cercano a la criptología o la hermenéutica que a la simple y relajada charla de amigos. Uno se siente Champollión entrando en el Valle de los Reyes, y no hay Piedra Rosetta a la mano. (Bueno, en realidad sí la hay. En el MSN se puede hacer clic en el emoticón, elegir Agregar y enseguida se verá la traducción.)
    Por lo demás, el que sufre de estos males se encuentra muchas veces en situaciones de lo más ridículas. Por ejemplo, no tiene mucho sentido estar enojadísimo con alguien y lanzarle la frase me tenés cansado!, y que la sílaba “can” se convierta en un simpático perrito de peluche que saluda amigablemente. Un bochorno.
  • Emoticofobia. La forma opuesta de esta terrible afección es la que sufre la persona que, por diversos motivos, odia los emoticones. Algunos los encuentran frívolos; otros, directamente de mal gusto. El problema es que chatear con alguien que no usa emoticones es como hacerlo con un robot. No sólo le pone un clima tenso a la charla, sino que además hay ocasiones en las que es imposible saber si eso que escribió fue una broma inocente o un insulto salvaje.
  • El corrector. El cerebro humano es capaz de entender una palabra mal tipeada, sobre todo si está en un cierto contexto. Así que, en el chat, casi nunca hace falta volver a escribirla. No sólo no hace falta, sino que a la quinta vez se empieza a poner bastante denso. Al final será tan irritante que nos veremos obligados a pedirle por favor que no repita, que entendimos. A lo que recibiremos como respuesta: “Ah, no, pero viste cómo soy yo, reperfeccionista”. Se nota.
    Un caso particularmente molesto es el que agrega en el siguiente renglón un signo de interrogación obvio que se olvidó en la línea anterior, o corrige la última letra de una palabra porque no coordina género, número, persona, tiempo, modo o lo que sea.
  • El abreviador. Una cosa es que escribamos mensajes breves, otra es habernos creído ese mito urbano de que para chatear hay que convertir el idioma en código carcelario. Un también puede volverse tb cuando estamos apurados. Pero reemplazar la Q por la K y sacar vocales no sólo es incómodo de leer y de escribir, sino que además no-se-usa. A ver, de nuevo, no-se-usa. El abreviador compulsivo queda como el típico novato presuntuoso.
  • Qué grande. En el chat y en las comunicaciones de Internet en general, las mayúsculas equivalen a gritar. Pero ése de ninguna manera es el verdadero problema. Las mayúsculas son DIFICILES de leer. Una frase, una palabra, vaya y pase. Pero hay personas que, ignoro por qué, redactan en mayúscula todo el tiempo. Más o menos como si su computadora tuviera el teclado de una teletipo de la Segunda Guerra Mundial.
  • El demandante . Los mensajeros instantáneos ponen un aviso de ausencia pasados unos minutos. Pero, para el impaciente de pura cepa, unos segundos sin recibir respuesta pueden disparar toda suerte de improperios por nuestra incorregible, desagradable, irrespetuosa y maleducada falta de respuesta. Poco importa que en ese momento sonara el timbre, nos hayan evacuado del edificio como parte de un ejercicio de seguridad o nos hayamos desvanecido por exceso de trabajo. El sermón está ahí, implacable, en pantalla. El error que solemos cometer ante esta intolerancia es dar explicaciones. “Sonó el timbre”, “Nos evacuaron”, “Me desmayé”.
    No, no. Mejor usar botón derecho>No admitir a un contacto.

Por Ariel Torres
Fuente: LANACION

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