Los “afters”: una moda con riesgos

El sol de la mañana pega fuerte en la puerta del boliche. Es sábado, son las 10 y en el barrio de Almagro algunos vecinos salen por primera vez de sus casas a buscar el diario o su desayuno. En ese momento, un joven entra en Mina, un local bailable en Córdoba 4092, donde permanecerá hasta el mediodía.

Ahora es domingo, son las 11.30 y un grupo de jóvenes camina por el predio de Costa Salguero. Acaban de salir de bailar de Caix –discoteca en la que habían entrado a las 8 de la mañana–, mientras dos familias se acercan a dar un paseo por la rambla de la Costanera.

Estas escenas son ejemplos de un fenómeno, los afters, que se repite todos los fines de semana en toda la ciudad y que forma parte de una nueva tendencia dentro de la moda en la que se convirtieron en la Argentina la música electrónica y sus festivales.

La característica que define los afters tiene que ver con el horario. Empiezan por la mañana y terminan al mediodía, aunque hay algunos que pueden continuar hasta entrada la tarde. After remite a que se celebran después del boliche, en una noche que comenzó el día anterior y no termina hasta el mediodía del siguiente. ¿Cómo? Quienes los frecuentan admiten que la droga fluye en cantidades todavía mayores que las que hay en las fiestas electrónicas en general.

Preocupada por este problema, la Policía Federal inauguró una división especial que combate el narcotráfico en este tipo de encuentros (ver aparte). En cada recorrida que realiza esa división, explican en esa fuerza, se llevan por lo menos un detenido.

Los afters son, además, un fenómeno muy extendido. En las agendas de los portales especializados en música electrónica, cada fin de semana se citan cuatro o cinco eventos de este tipo. En algunos lugares se realizan periódicamente; en otros casos, es un disc-jockey el que elige tocar en un determinado local.

El after más reconocido es el que se hace todos los domingos en Caix. Allí se negaron a hablar con LA NACION, pero en el ambiente se lo nombra como el que más gente atrae. El domingo pasado la procesión de personas de entre 20 y 40 años que ingresaban en él era incesante, entre las 8 y las 10.

“¡Hoy no me voy hasta que me echen!”, gritaba un joven en la puerta, mientras saltaba al ritmo del incesante sonido de la música electrónica que escapaba del boliche.

En Pinar de Rocha, la reconocida discoteca de Ramos Mejía, algunos domingos la jornada de música electrónica se prolonga hasta las 20.

“El after llegó a la Argentina como un ingrediente dentro de la movida de la música electrónica. Acá resultó y se convirtió en éxito: Buenos Aires es una de esas pocas ciudades que pueden funcionar 24 horas”, opina Jorge Ciccioli, un disc-jockey que suele tocar en los afters porteños.

Según ese músico, la mayoría de los que frecuentan los afters lo hace porque eligen escuchar música electrónica sin las “multitudes” que se forman a la noche.

“Es gente que prefiere escuchar música sin toda esa gente; también hay unos pocos que se levantan y van directo al after . El mensaje que sale desde los músicos es ése: a nosotros nos gusta de verdad la música y no es sólo una excusa para no detenerse nunca”, aclara.

Igualmente, reconoce que a muchos las drogas los obligan a prolongar su noche. “La verdad es que yo sólo voy a un after cuando me paso con las drogas. Es así de simple; si no, no aguantás la noche y la mañana a todo lo que da; no podés irte a dormir ni aunque te paguen”, admite a LA NACION Matías, comerciante, de 22 años.

¿Qué pasa después, cuando uno llega al mediodía a su casa? “La verdad es que te querés matar. No hablás con nadie, pero todo el mundo se da cuenta. Lo mejor es irse a dormir para empezar otro día en algún momento”, relata Matías.

Juan Pablo, de 29 años, organizador de eventos, dice que sólo va a un after cuando la noche no le alcanza. “En el after están todos dados vuelta. Yo sólo voy cuando terminó el boliche y quiero reventarme más”, cuenta a LA NACION.

Juan Pablo dice que es difícil ir a un after sin estar drogado. “Si vas sin estar duro, no entendés lo que pasa. Me acuerdo de una fiesta en la que uno sacó una crema y nos untamos entre todos. Es un mundo que se disfruta sólo con las drogas”, describe. “El after es un ritual de excitación increíble. El día siguiente no te importa. No lo pensás; estás enroscado en esa y querés seguir”, concluye.

“Lo peor del ambiente”

Para María, de 25 años, secretaria, el after forma parte de lo peor del submundo de la música electrónica. “Dejé de ir porque en el after no hay alternativa a la droga. Me gusta la música electrónica, pero la verdad es que al after no podés ir si no estás pasada con lo que tomaste”, se sincera María.

Para ella, era un problema vivir con su familia cuando frecuentaba los afters : “La gente está en la mitad de su día y uno llega «muerto» por el anterior, que no terminó”.

Por Agustín Fernández Cronenbold

Fuente: LANACION.com

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